lunes, 9 de febrero de 2026

SIN MUSICA NO HAY SUPER BOWL. PUNTO

 












Y no, no voy a hablar de Bad Bunny en el Super Bowl (hace rato que el half‑time dejó de ser un espectáculo musical para convertirse en una mise‑en‑scène), sino de algo mucho más interesante, de cómo la música sigue siendo uno de los protagonistas silenciosos de semejante evento y del negocio musical detrás del evento más caro del mundo.

Cada año, cuando llega el Super Bowl, se repite un entretenido y fascinante fenómeno que consiste en ver cómo millones de personas (se calculó una audiencia de 127.7 millones) se reúnen frente a la pantalla no solo para ver el partido, sino para ver los comerciales. Y aunque la conversación pública suele girar en torno al half-time show -este año en particular rodeado de mucha expectativa por el ruido sociopolítico norteamericano-, las celebridades, los efectos especiales o el humor, quienes trabajamos en música y publicidad sabemos que hay un elemento que sostiene silenciosamente la narrativa de muchos de esos anuncios: la música.

No es casualidad que, incluso en un entorno donde cada segundo cuesta millones, las marcas sigan apostando por canciones conocidas, por reinterpretaciones, por covers cuidadosamente producidos o por composiciones que buscan activar emociones inmediatas. La música es, en su esencia y en su uso publicitario, un acelerador emocional, un atajo narrativo y un multiplicador de recordación. Y eso, en un evento como el Super Bowl, tiene un valor incalculable.

Si bien no existe un registro público que detalle cuántos comerciales del Super Bowl 2026 usaron música conocida, ni qué canciones específicas se sincronizaron en cada caso, sí podemos afirmar con certeza que la música volvió a ocupar un rol central. Y es evidente porque las tendencias de los últimos años han sido consistentes; en casi todos los Super Bowls recientes, entre un tercio y la mitad de los comerciales han utilizado música conocida, ya sea en su versión original o en covers producidos especialmente para la campaña. Eso lejos de ser una coincidencia, es una estrategia. Las marcas entienden y saben que, en un entorno saturado, donde un spot de 30 segundos puede costar entre US$ 8 y 10 millones solo en pauta, la música es una herramienta que permite conectar más rápido, más fuerte y con mayor profundidad.

Sólo como mera referencia, veamos un repaso de las principales canciones sincronizadas en los mejores comerciales de esta temporada: “I Will always love you” de Whitney Houston en el comercial de Bud light, “Free bird” de Lynyrd Skynyrd en el de Budweisser, “Suspicious mind” de Elvis Presley en Ubereats, un cover de “Livin’ on a prayer” de Bon Jovi (con un cameo de Jon) en el de State Farm, la banda sonora de Jurassic Park de John Williams y “Escape (the Piña Colada song)” de Ruperrt Holmes en el de Xfinity (tal vez el más caro de todos, sumando costos de sincronizaciones autorales y de master, producción, y pago a celebridades), “Guarda che luna” de Fred Buscaglione para Pringles, o “Eye of the tiger” de Survivor y “Ante Up” de M.O.P. en el comercial de Michelob, entre otras…

Un caso muy claro de este año es el de T‑Mobile, que volvió a apostar por la fórmula que ya domina: reinterpretar un hit icónico con una letra adaptada, cantado por los propios artistas originales. En esta edición del Super Bowl, la marca presentó un comercial en el que los Backstreet Boys interpretan una nueva versión de I Want It That Way, con letra cambiada para encajar con el mensaje publicitario. No usaron el master original -por lo que no pagaron esa licencia- pero sí la del publishing, que no es precisamente barata cuando se modifica la letra. A cambio, obtuvieron algo que pocas marcas logran, nostalgia instantánea, humor, complicidad y un nivel de recordación que solo una canción icónica puede generar. Es un ejemplo perfecto de cómo la música puede ser utilizada de manera estratégica, eficiente y emocionalmente poderosa.

Y aunque obtener datos exactos sobre las demás canciones usadas en esta temporada es bastante tedioso dada la cantidad de teasers, activaciones y despliegue digital, sí se puede analizar lo que ocurre año tras año. Las marcas que invierten en el Super Bowl suelen destinar entre U$S 2 y 5 millones a la producción de un comercial sin contar la pauta. Cuando se contrata talento de alto perfil (actores, atletas, músicos, etc.) la cifra puede elevarse fácilmente a U$S 5 o 10 millones. En ese contexto, pagar entre U$S 300,000 y U$S 1 millón por una sincronización no es un gasto desproporcionado, sino una inversión que maximiza el impacto del mensaje. Y cuando se trata de canciones icónicas, los costos pueden ser aún mayores; una sincronización de un hit global puede costar entre U$S 750,000 y U$S 2 millones solo por el publishing, sin incluir el master. Pero incluso en esos casos, las marcas lo pagan porque entienden que la música no solo embellece el anuncio, sino que lo transforma.

En otros casos, las marcas optan por una estrategia intermedia: producir un cover. Esto les permite mantener el gancho emocional de la canción, adaptar la letra si es necesario y controlar la producción musical, sin tener que pagar la licencia del master (siempre que el autor lo permita). Un cover bien producido para un comercial de alto nivel en Estados Unidos puede costar entre U$S 50,000 y U$S 70,000 —dependiendo de arreglos, músicos, estudio, mezcla y tarifas sindicales— a lo que se suma la licencia de sincronización, que puede oscilar entre U$S 300,000 y U$S 800,000 según el catálogo y otras variables. El resultado es una pieza musical que conserva el poder emocional del original, pero con mayor flexibilidad creativa y, en muchos casos, con un costo total más eficiente.

Ante lo visto estos últimos días en el evento, se puede afirmar con total seguridad que la música sigue siendo uno de los elementos más valiosos en la publicidad del Super Bowl. No solo porque ayuda a que el anuncio sea memorable, sino porque aporta identidad instantánea. Una canción conocida activa recuerdos, emociones, asociaciones culturales y sensaciones que ningún otro recurso creativo puede replicar con la misma velocidad. En un spot de 30 segundos, eso es oro puro, y las marcas lo saben. Por eso, año tras año, siguen invirtiendo millones en música, ya sea en licencias de catálogo, en covers producidos especialmente o en colaboraciones con artistas.

Para quienes trabajamos en música, publicidad, branding o producción audiovisual, la lección es clara. La música no es un gasto que se pueda recortar sin consecuencias. Es una inversión estratégica que multiplica el valor del mensaje. Es un recurso que permite que un comercial no solo se vea, sino que se sienta. Que no solo se recuerde, sino que se viva. Y si en el Super Bowl, el espacio publicitario más caro del mundo se sigue apostando por la música como uno de sus pilares creativos, es porque la evidencia es contundente: la música funciona, la música vende, la música conecta. No importa si es una campaña de imagen o una acción táctica: en un entorno donde la atención es el recurso más escaso, la música es una de las pocas herramientas capaces de capturarla de inmediato, y los resultados, si en una campaña estratégica son palpables, en una acción táctica su efecto es inmediato.

Por eso, si hay algo que este año vuelve a demostrar, es que los publicistas no deberían escatimar en música. No se trata de gastar por gastar, sino de invertir con inteligencia. De entender que una buena sincronización puede elevar un concepto, potenciar una historia y convertir un anuncio en cultura. Y si las marcas más grandes del mundo lo hacen, no es por capricho, es porque saben que la música es -y seguirá siendo- uno de los activos más poderosos de la comunicación publicitaria.

Febrero 2026