El "Caso Smith" deja al descubierto una vulnerabilidad estructural del streaming: un modelo de reparto que, al priorizar el volumen global sobre la escucha individual, abre espacios para que la automatización y la IA distorsionen la distribución de regalías. Esto, más que un ingenioso fraude, es una señal de alerta para toda la industria.
Hace pocas semanas salió una
noticia que cayó como una bomba en la industria. Michael Smith, un productor musical
prácticamente desconocido, se declaró culpable de haber montado uno de los
fraudes de streaming más grandes y duraderos de los últimos años. No era
un artista con millones de seguidores ni un ejecutivo con acceso privilegiado a
datos internos; era un tipito que, durante años, logró desviar millones de
dólares en regalías utilizando música generada por inteligencia artificial y
una red de bots diseñada para inflar reproducciones de manera masiva,
pero que levantó sospechas y finalmente fue capturado y enjuiciado. Pero lo
sorprendente no es solo la escala del fraude (más de 8 millones de dólares en
regalías) ni la trama y complicidad de los participantes, sino el hecho de que funcionó
durante mucho tiempo sin que nadie lo detectara. Y ahí es donde la noticia
deja de ser un caso policial para convertirse en un diagnóstico del sistema.
Cuando uno mira
e investiga más de cerca, el esquema de Smith no tenía nada de mágico.
Subía miles de canciones creadas automáticamente, las distribuía bajo decenas
de alias y luego activaba miles de cuentas falsas que reproducían ese catálogo
día y noche. No había fans, no había comunidad, ni mucho menos impacto
cultural. Había sólo volumen. Y justamente ese volumen, en el sistema de
reparto de regalías actual, es suficiente para generar dinero real. Más que engañar a millones de oyentes, este
productor en realidad engañó a un modelo de reparto que premia la cantidad
por encima de cualquier otra cosa. Su
operación funcionó porque entendió cómo funciona el sistema pro‑rata
y supo cómo explotarlo. De hecho, su catálogo crecía a un ritmo tan absurdo que terminó llamando la atención no precisamente
por su éxito, sino por su desproporción. Cuando finalmente se destapó el
esquema, quedó claro que no se trataba de un truco
aislado, sino de una explotación sistemática de un modelo que fue diseñado cuando
en el mundo no existía la generación automática de música ni
la reproducción por bots a escala industrial.
Para entender el sistema pro‑rata
que usan las plataformas, sin tecnicismos, imaginémonos que es como una gran bolsa
común donde se junta todo el dinero de todos
los usuarios que recaudan estas plataformas de streaming. Esa bolsa, al contrario de lo que uno puede pensar, no
se reparte según lo que cada persona escucha, sino
según el porcentaje total de streams que
cada artista obtuvo en toda la plataforma. Así, por ejemplo, si un artista
representa el 1% de todos los streams del mes, recibe el 1% del dinero,
aun así tú lo hayas escuchado el 100% del tiempo.
Pongamos un ejemplo práctico. Supongamos que hay una plataforma con 100
suscriptores, cada uno pagando 11 dólares al mes. La plataforma recauda 110 dólares en total. Como suele ocurrir, la plataforma se queda
con aproximadamente 30% para gastos operativos, por lo que quedan 77 dólares
para repartir entre todos los artistas o titulares de la grabación (no nos ocupemos por ahora sobre el
derecho de autor para simplificar este ejemplo).
Hasta aquí, todo bien; pero aquí viene la parte importante, pues, aunque tú escuches solo a un artista, tu dinero NO va a ese artista. Me explico: supongamos que tú escuchaste exclusivamente al Artista A tres horas diarias durante todo el mes. Si el sistema fuera “user‑centric”, en el que el dinero de cada usuario se reparte únicamente entre las canciones que ese usuario escuchó, tus 7.70 dólares (lo que queda después del 30% de gastos operativos) irían íntegros al Artista A. Pero en el sistema pro‑rata no funciona así. Los 77 dólares se juntan en una sola bolsa común, y esa bolsa se reparte según el porcentaje total de streams que tuvo cada canción o artista en toda la plataforma, no según lo que tú escuchaste. Supongamos entonces que los porcentajes de escucha global del mes fueron estos:
Artista A: 1%, Artista B: 15%, Artista
C: 20%, Artista D: 60%, Artista E: 2.5% y Artista F: 1.5%
Entonces, los 77 dólares se
reparten así:
- Artista A → 1% = 0.77 dólares
- Artista B → 15% = 11.55 dólares
- Artista C → 20% = 15.40
dólares
- Artista D → 60% = 46.20
dólares
- Artista E → 2.5% = 1.93 dólares
- Artista F → 1.5% = 1.155
dólares
Aquí está el golpe final, aunque
tú escuchaste al Artista A el 100% del tiempo, y pagaste 11 dólares, ese
artista solo recibe 0.77 dólares. El
resto de tu dinero -y el de todos- termina financiando a los artistas más
populares del mes. El Artista D podría
ser Drake o Taylor Swift. El Artista F
podría ser un independiente emergente. Y
el Artista A, aunque tú lo escuchaste sin parar, recibe casi nada. Y si además ese artista no llega al mínimo de
reproducciones exigidos de 1000, no cobra nada.
En otras palabras: tu dinero
no sigue tus escuchas; sigue el volumen total de la plataforma.
Así funciona el reparto pro-rata. Pero independientemente de discutir si es o no justo (ya bastante se ha
escrito sobre este formato que favorece a los artistas grandes), vayamos más
bien a lo que significa realmente implica este sistema: cualquier actor capaz de inflar
artificialmente su volumen -como hizo Smith- automáticamente aumenta su participación en
la bolsa común y, por lo tanto, le quita dinero a todos los demás artistas,
incluso si nadie real lo escucha. El sistema premia el volumen, no la
relación entre oyente y artista, y por eso es tan vulnerable a la manipulación
masiva.
Pero si el pro‑rata
es tan frágil, ¿por qué las plataformas y las majors insisten en mantenerlo y
rechazan el modelo user‑centric? La respuesta no pasa
por malicia, sino por incentivos y estructuras ya establecidas. El pro‑rata concentra la mayor parte del
dinero en un grupo reducido de artistas y catálogos
dominantes. Esto simplifica
negociaciones, reduce costos administrativos y mantiene estable un ecosistema
donde los grandes actores -especialmente las majors- tienen un rol central. Un sistema user‑centric
dispersaría el dinero entre miles de artistas
medianos y pequeños, multiplicaría la cantidad de pagos y auditorías, y
aumentaría los costos operativos en un negocio donde
los márgenes ya son estrechos.
Además, el pro‑rata
favorece el volumen, y el volumen es la métrica que
las plataformas presentan a inversionistas y venden a anunciantes. El modelo actual premia playlists
gigantes, música funcional, catálogos
infinitos y consumo pasivo, todo lo cual incrementa horas de escucha. El user‑centric,
en cambio, premia la relación artista‑fan, que no
siempre genera grandes volúmenes, aunque sí genera una distribución más equilibrada y justa, pero lo justo no siempre es lo más
rentable…. El pro‑rata también beneficia a
las majors, que concentran gran parte del catálogo más escuchado. En un modelo user‑centric,
una porción significativa del dinero migraría hacia artistas medianos y pequeños con
bases de fans reales, algo que las majors no tienen un incentivo claro
para promover. Sin embargo, aunque el
modelo pro‑rata domina en las plataformas más
grandes, vale la pena mencionar que sí existen
intentos -parciales o experimentales- de alternativas. SoundCloud, por ejemplo, implementó un sistema realmente user‑centric,
aunque limitado a artistas independientes que monetizan directamente en la
plataforma. Deezer adoptó un modelo híbrido que
corrige algunas distorsiones del pro‑rata, pero sin llegar a un reparto
completamente basado en usuarios. TIDAL probó un
esquema similar durante un tiempo y luego lo abandonó. Y más allá de estos
casos, solo algunas plataformas pequeñas han experimentado con variaciones del user‑centric,
sin lograr todavía un impacto suficiente como para
mover al resto de la industria.
Hay otro factor que suele pasar
desapercibido: el pro‑rata hace que el fraude sea más difícil de detectar. En un sistema
donde todo se mezcla en una sola bolsa, inflar streams simplemente
aumenta tu porcentaje. El fraude se
diluye dentro del total y es difícil rastrear qué usuario “pagó” por
esos streams falsos. En cambio,
en un modelo user‑centric, cada usuario tiene un
bolsillo propio; si un usuario genera streams sospechosos, se detecta rápido. El fraude sería más
visible, más auditable y más fácil de bloquear. Las plataformas, aunque no lo digan
abiertamente, saben que un sistema que hace más evidente el fraude también las
expone más a responsabilidad y presión regulatoria. Y en un entorno donde
la IA permite fabricar miles de canciones por semana y automatizar
comportamientos a gran escala, esa exposición es mucho más que peligrosa.
Por eso el caso de Michael Smith
no es un accidente aislado, sino un síntoma estructural. El pro‑rata
fue diseñado para una industria que ya no
existe: una industria sin IA generativa, sin catálogos
infinitos, sin automatización masiva y sin la capacidad de
fabricar miles de canciones por semana. Hoy, la tecnología para
corregir el sistema existe. Lo que falta no es capacidad técnica, sino voluntad de revisar un modelo que, aunque
funcional para ciertos actores, ya no refleja la realidad del ecosistema. Mientras el sistema siga premiando el volumen
por encima del valor, siempre habrá alguien dispuesto a fabricar volumen. Y ahora, con IA y automatización al alcance de
cualquiera, ese “alguien” puede ser miles de personas al mismo tiempo. El problema no es que el sistema esté roto. El
problema es que está funcionando exactamente como fue diseñado, pero en un mundo
que ya cambió.
Abril 2026






