A raíz de un interesantísimo
artículo de Joel Gouveia en Substack que recomiendo leer, en el que analiza
la fragilidad del modelo de Spotify y lo compara con la estructura de costos de
Netflix, entre muchos otros conceptos, quiero profundizar en dos de ellos y,
además, ampliar la conversación hacia otros ángulos que rara vez se discuten.
Tal como señala el blog de
Substack, la diferencia entre ambos modelos no es solo tecnológica, sino
estructural, y entender esa diferencia cambia por completo la forma en que
entendemos el negocio del streaming musical. Según informaciones públicas, Spotify destina
alrededor del 70% de sus ingresos al pago de regalías (un número que algunos
ejecutivos sugieren que incluso podría acercarse al 80%). Lo importante aquí no
es el número exacto, sino la naturaleza del gasto: cada dólar que entra activa
automáticamente un pago proporcional. Si entran cien millones, salen setenta;
si entran mil millones, salen setecientos. Esa proporcionalidad convierte a las
regalías en un costo variable puro, imposible de diluir con el
crecimiento. Y aquí es donde se rompe el axioma clásico de las empresas
digitales, ese que dice “la escala lo arregla todo”. La escala solo funciona
cuando los costos principales son fijos, porque entonces el crecimiento
reduce el costo por usuario. En Spotify, crecer no diluye nada, solo multiplica
el costo. A más usuarios, igual hay un
70% de los ingresos que esos usuarios generan que deben repartirse a los
titulares.
Por eso la comparación con
Netflix en ese artículo es tan útil. Netflix invierte en contenido original,
pero ese gasto ocurre una sola vez. Una serie puede ser vista por diez o
por cien millones de personas sin alterar ese costo, y eso es un costo fijo.
Ese es el poder de los costos fijos: se diluyen con el volumen. Spotify,
en cambio, no controla el catálogo ni posee los derechos; depende más bien de
licencias que se activan cada vez que alguien presiona play. Su negocio es,
como dice Gouveia, un negocio de licencias, y eso lo condena a márgenes
estrechos inclusive cuando crece en usuarios año a año.
A esta limitación estructural se
suma otro factor que suele pasarse por alto y que lo mencioné en otro post:
Spotify no es Apple ni Amazon, para quienes la música es apenas un pequeñísimo
engranaje dentro de un ecosistema gigantesco. Si Apple Music pierde dinero, no
importa; lo importante es que el usuario siga comprando hardware y servicios. Si Amazon Music pierda plata, no importa;
Amazon lo puede subsidiar hasta la eternidad, porque su negocio principal es el
comercio electrónico y la nube. Ese no es el caso de Spotify, pues ellos viven
y mueren por la música. No tienen un negocio paralelo que absorba pérdidas ni
un ecosistema que justifique subsidios. Esa dependencia lo vuelve vulnerable a
renegociaciones con las majors, a cambios en el comportamiento del
usuario, a presiones de inversionistas y a cambios regulatorios en mercados
emergentes, tal como lo comenté una vez aquí.
Por eso, aunque por primera vez
en 19 años han tenido utilidad operativa, tienen que recurrir constantemente a
rondas de inversión. Los inversionistas no ponen dinero porque Spotify sea
rentable hoy, sino porque creen que eventualmente lo será, ya sea renegociando
mejores condiciones con las majors o diversificando ingresos hacia áreas
donde no tenga que pagar regalías. En ese sentido, los podcasts, los
audiolibros y la publicidad han sido intentos de escapar del peso del 70%. Pero
incluso esas líneas de producto tienen sus propios límites: producir podcasts
exclusivos cuesta, la publicidad es cíclica y los audiolibros también pueden requerir
acuerdos editoriales complejos. La música sigue siendo el core de la
plataforma, y mientras eso sea así, ese 70% de derechos seguirá marcando el
ritmo.
Todo esto explica por qué el
debate sobre el “pago por stream” está tan mal planteado. Muchos
artistas creen que la solución es que Spotify pague más por reproducción, pero el
problema no es la tarifa, sino la estructura. El pago por stream es
un síntoma, no la enfermedad. La enfermedad es que el modelo completo está
construido sobre costos variables altos, control del catálogo en manos de las majors
y un mercado donde la oferta es infinita pero la atención finita. El streaming
democratizó el acceso, pero no democratizó los ingresos. No fue diseñado
para sostener carreras artísticas, sino para resolver un problema de
distribución.
La ironía es que, a pesar de
esta debilidad estructural, el streaming se ha convertido en el centro
de la industria musical actual. Las discográficas dependen de él para mostrar
crecimiento, los artistas lo necesitan para tener visibilidad, los managers lo
usan como indicador para la generación de valor y los fans lo adoptaron como
forma natural de consumo. Sin embargo, nada de eso significa que el modelo
sea sostenible para quienes crean la música. Los ingresos por streaming
no son nada en comparación a los otros ingresos de un artista, lo que equivale
a decir que el streaming para los artistas es como un megáfono, no un
salario. Por eso, confundir visibilidad con estabilidad, alcance con
ingresos o viralidad con carrera, es uno de los errores más comunes en la mente
de artistas y músicos.
Es poco probable que Spotify
cambie su modelo radicalmente. Lo más realista es esperar ajustes graduales
como subidas de precio más frecuentes, mayor segmentación, integración con experiencias en vivo,
productos complementarios, más herramientas para creadores y más intentos de
capturar valor fuera del simple “pago por acceso”, algo de lo que he hablado aquí….
Pero, aun así, el núcleo seguirá siendo el mismo: un negocio de licencias
con costos variables altos que limitan el crecimiento del margen.
La industria necesita ser honesta
consigo misma; no podemos seguir esperando que el streaming resuelva
todos los problemas ni midiendo el éxito de un artista solo por sus métricas en
plataformas. Tampoco podemos seguir construyendo reglas donde el algoritmo sea
el malo o el bueno de la película. La conversación real debe girar en torno a
cómo diversificar ingresos, cómo construir comunidades, cómo generar valor más
allá del stream y cómo diseñar carreras que no dependan exclusivamente
del volumen de reproducciones (la escala no garantiza sostenibilidad; puedes
tener millones de streams y aun así no tener un negocio).
Al final, lo que queda es una gran
paradoja, pues el streaming puede haber salvado a la industria, pero no
necesariamente a los artistas. Además, Spotify, con toda su innovación y
liderazgo, sigue atrapado en una modelo económica que limita su rentabilidad.
Es un gigante sostenido por volumen, narrativa y esperanza. Mientras el 70%
siga ahí, marcando el compás, el negocio del streaming seguirá siendo un
equilibrio frágil entre lo que parece y lo que realmente es.
Marzo 2026

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