lunes, 2 de marzo de 2026

LA TRAMPA ECONÓMICA DEL STREAMING MUSICAL: COSTOS VARIABLES, MÁRGENES FIJOS

 













A raíz de un interesantísimo artículo de Joel Gouveia en Substack que recomiendo leer, en el que analiza la fragilidad del modelo de Spotify y lo compara con la estructura de costos de Netflix, entre muchos otros conceptos, quiero profundizar en dos de ellos y, además, ampliar la conversación hacia otros ángulos que rara vez se discuten.

Tal como señala el blog de Substack, la diferencia entre ambos modelos no es solo tecnológica, sino estructural, y entender esa diferencia cambia por completo la forma en que entendemos el negocio del streaming musical.  Según informaciones públicas, Spotify destina alrededor del 70% de sus ingresos al pago de regalías (un número que algunos ejecutivos sugieren que incluso podría acercarse al 80%). Lo importante aquí no es el número exacto, sino la naturaleza del gasto: cada dólar que entra activa automáticamente un pago proporcional. Si entran cien millones, salen setenta; si entran mil millones, salen setecientos. Esa proporcionalidad convierte a las regalías en un costo variable puro, imposible de diluir con el crecimiento. Y aquí es donde se rompe el axioma clásico de las empresas digitales, ese que dice “la escala lo arregla todo”. La escala solo funciona cuando los costos principales son fijos, porque entonces el crecimiento reduce el costo por usuario. En Spotify, crecer no diluye nada, solo multiplica el costo.  A más usuarios, igual hay un 70% de los ingresos que esos usuarios generan que deben repartirse a los titulares.

Por eso la comparación con Netflix en ese artículo es tan útil. Netflix invierte en contenido original, pero ese gasto ocurre una sola vez. Una serie puede ser vista por diez o por cien millones de personas sin alterar ese costo, y eso es un costo fijo. Ese es el poder de los costos fijos: se diluyen con el volumen. Spotify, en cambio, no controla el catálogo ni posee los derechos; depende más bien de licencias que se activan cada vez que alguien presiona play. Su negocio es, como dice Gouveia, un negocio de licencias, y eso lo condena a márgenes estrechos inclusive cuando crece en usuarios año a año.

A esta limitación estructural se suma otro factor que suele pasarse por alto y que lo mencioné en otro post: Spotify no es Apple ni Amazon, para quienes la música es apenas un pequeñísimo engranaje dentro de un ecosistema gigantesco. Si Apple Music pierde dinero, no importa; lo importante es que el usuario siga comprando hardware y servicios.  Si Amazon Music pierda plata, no importa; Amazon lo puede subsidiar hasta la eternidad, porque su negocio principal es el comercio electrónico y la nube. Ese no es el caso de Spotify, pues ellos viven y mueren por la música. No tienen un negocio paralelo que absorba pérdidas ni un ecosistema que justifique subsidios. Esa dependencia lo vuelve vulnerable a renegociaciones con las majors, a cambios en el comportamiento del usuario, a presiones de inversionistas y a cambios regulatorios en mercados emergentes, tal como lo comenté una vez aquí.

Por eso, aunque por primera vez en 19 años han tenido utilidad operativa, tienen que recurrir constantemente a rondas de inversión. Los inversionistas no ponen dinero porque Spotify sea rentable hoy, sino porque creen que eventualmente lo será, ya sea renegociando mejores condiciones con las majors o diversificando ingresos hacia áreas donde no tenga que pagar regalías. En ese sentido, los podcasts, los audiolibros y la publicidad han sido intentos de escapar del peso del 70%. Pero incluso esas líneas de producto tienen sus propios límites: producir podcasts exclusivos cuesta, la publicidad es cíclica y los audiolibros también pueden requerir acuerdos editoriales complejos. La música sigue siendo el core de la plataforma, y mientras eso sea así, ese 70% de derechos seguirá marcando el ritmo.

Todo esto explica por qué el debate sobre el “pago por stream” está tan mal planteado. Muchos artistas creen que la solución es que Spotify pague más por reproducción, pero el problema no es la tarifa, sino la estructura. El pago por stream es un síntoma, no la enfermedad. La enfermedad es que el modelo completo está construido sobre costos variables altos, control del catálogo en manos de las majors y un mercado donde la oferta es infinita pero la atención finita. El streaming democratizó el acceso, pero no democratizó los ingresos. No fue diseñado para sostener carreras artísticas, sino para resolver un problema de distribución.

La ironía es que, a pesar de esta debilidad estructural, el streaming se ha convertido en el centro de la industria musical actual. Las discográficas dependen de él para mostrar crecimiento, los artistas lo necesitan para tener visibilidad, los managers lo usan como indicador para la generación de valor y los fans lo adoptaron como forma natural de consumo. Sin embargo, nada de eso significa que el modelo sea sostenible para quienes crean la música. Los ingresos por streaming no son nada en comparación a los otros ingresos de un artista, lo que equivale a decir que el streaming para los artistas es como un megáfono, no un salario. Por eso, confundir visibilidad con estabilidad, alcance con ingresos o viralidad con carrera, es uno de los errores más comunes en la mente de artistas y músicos.

Es poco probable que Spotify cambie su modelo radicalmente. Lo más realista es esperar ajustes graduales como subidas de precio más frecuentes, mayor segmentación, integración con experiencias en vivo, productos complementarios, más herramientas para creadores y más intentos de capturar valor fuera del simple “pago por acceso”, algo de lo que he hablado aquí…. Pero, aun así, el núcleo seguirá siendo el mismo: un negocio de licencias con costos variables altos que limitan el crecimiento del margen.

La industria necesita ser honesta consigo misma; no podemos seguir esperando que el streaming resuelva todos los problemas ni midiendo el éxito de un artista solo por sus métricas en plataformas. Tampoco podemos seguir construyendo reglas donde el algoritmo sea el malo o el bueno de la película. La conversación real debe girar en torno a cómo diversificar ingresos, cómo construir comunidades, cómo generar valor más allá del stream y cómo diseñar carreras que no dependan exclusivamente del volumen de reproducciones (la escala no garantiza sostenibilidad; puedes tener millones de streams y aun así no tener un negocio).

Al final, lo que queda es una gran paradoja, pues el streaming puede haber salvado a la industria, pero no necesariamente a los artistas. Además, Spotify, con toda su innovación y liderazgo, sigue atrapado en una modelo económica que limita su rentabilidad. Es un gigante sostenido por volumen, narrativa y esperanza. Mientras el 70% siga ahí, marcando el compás, el negocio del streaming seguirá siendo un equilibrio frágil entre lo que parece y lo que realmente es.

Marzo 2026